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DE CÓMO LLEGAMOS HASTA AQUÍ (éramos felices y no lo sabíamos)

 

“Podemos esperar que las epidemias virales afecten a nuestras interacciones más elementales con otras personas y objetos a nuestro alrededor, incluyendo nuestros propios cuerpos, evitar tocar cosas que puedan estar (invisiblemente) sucias, no tocar ganchos, no sentarse en los asientos de los inodoros o en los bancos públicos, evitar abrazar a las personas o estrechar sus manos. Incluso podríamos ser más cuidadosos con los gestos espontáneos: no te toques la nariz ni te frotes los ojos. Así que no sólo el estado y otras agencias nos controlarán, también debemos aprender a controlarnos y a disciplinarnos. Tal vez sólo la realidad virtual se considere segura, y moverse libremente en un espacio abierto estará restringido a las islas que son propiedad de los ultra-ricos.”

Salvoj Zizek

Pandemia

 

 

Y justamente en tiempos estos, tiempos difíciles, tiempos de coronavirus[1], es cuando nos enteramos que el capitalismo avanzado (en su formato más deleznable y cruel como lo es el neoliberal) nos ha arrebatado lo único que nos quedaba; entendido como última frontera de resistencia, los besos, los abrazos, las caricias, el contacto con el otro, hoy mientras el virus se propaga, y la aproximación es un delito, pareciera que las profecías del dios del capitalismo se cumplen, alejarse del otro, separarse del otro, odiar al otro, mirar al otro de forma sospechosa como si el otro fuera el enemigo, como si el otro cargara la culpa del mundo, huir del otro, y finalmente no tener reparo en lastimar al otro[2].

 

Encerrarse es la consigna, desconfiar es lo “sano”. Mientras las protestas sociales iniciadas con los movimientos indígenas del Ecuador[3], reproducidas por varios países y mantenidas por los ciudadanos chilenos en su afán de justicia social e inauguradas en el mismo lugar en donde, como donde, como dice uno de los carteles de los manifestantes “si aquí nació el neoliberalismo aquí va a morir”. Dichas manifestaciones grupales, colectivas y afectivas, hoy se ven opacadas por decretos de toque de queda y de restricción como medidas prioritarias para contrarrestar la pandemia, ¡vaya ironía de la vida!, mientras las protestas sociales proliferaban y se masificaban de forma exponencial, en lo que consideramos una lucha honorable de reclamos justos sobre temas de equidad económica, equidad de género, etc. Por otro lado, el virus también usa las estrategias de reproductividad pandémica para entremeterse en el cotidiano (y con un uso estratégico de la política viciada), de apagar dichos vínculos idealistas en un retorno a la más infame individualidad.

 

Entonces y gracias a ello, se logró desvanecer todo intento de reunión, de colectividad, de comunidad, porque la comunidad acarrea consigo formatos de resistencia, de rebeldía, el neoliberalismo nunca apuesta a lo colectivo, menos a lo afectivo, dado que, su poder radica en la competencia, en mirar al de al lado como el enemigo, como su competencia, como el reto a superar. Cuando entramos a un centro comercial o a un evento masivo (tipo concierto, museo, cine, teatro, etc. de corte comercial) lo que tenemos son “grupos juntados” de individuos que no forman un todo, son simples células que actúan no por un fin grupal, sino como conjunto de entes, cada uno con el fin último, el de consumir, de adquirir algo en beneficio suyo, de satisfacer sus necesidades objetuales, sensoriales, auditivas o visuales, para regocijo propio, por tanto el neoliberalismo solo te da un simulacro de colectividad. 

 

Porque para el capitalismo avanzado y con ello el neoliberalismo, no existe peor cosa que la comunicación transversal, ahí es donde se gesta la rebelión, al capitalismo avanzado le preocupa un grupo de gente reunida para reflexionar, para indagar, ya que el éxito de este modelo es masificar al ser humano para que este consuma, entonces el dominio está en “resetear” al individuo para obtener una amalgama seriada de especímenes con los mismos gustos, mismos deseos y mismos anhelos, para en ellos inducir esos gustos, deseos y anhelos a manera de producto de mercado y desde luego al final de todo, vendérselos. 

 

Hernán Pacurucu C.

Crítico y curador de arte contemporáneo.

 

 

 

[1] El coronavirus puede reproducir más de 100.000 copias en pocas horas.

[2] El desarrollo del nacionalismo y demás vertientes racistas logra su objetivo únicamente cuando convence al ignorante de que el prójimo es el culpable de la desgracia, solo después de eso, el instante que separamos los vínculos afectivos con el otro para hacerle el culpable, solo ahí podemos conciliar un efectivo germen donde puedan brotar semillas de xenofobia.

[3] Protestas que arrancan en octubre del 2020 y que muestran a grupos de indígenas marchando día a día hacia la capital, en un estallido social que determinó que el presidente retire de forma obligatoria las medidas impuestas bajo la tónica de un Fondo Monetario Internacional presionando detrás del telón.

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